Pedro Páramo
Pedro Páramo “¿Comala?” pregunté con voz temblorosa, mientras miraba el paisaje desolador que se extendía ante mí. Un hombre se detuvo a mi lado; su rostro, cubierto por la sombra de su sombrero, apenas se giró hacia mí. Asintió, y en su mirada noté algo más que cansancio, algo profundo, una carga silenciosa que arrastraba desde hacía demasiado tiempo.
“¿Es aquí donde vive Pedro Páramo?” añadí, esperando una respuesta que me diera algún consuelo. Él, sin embargo, sólo lanzó una breve carcajada, seca y amarga. “Ah, vive… Pedro Páramo vivía aquí. Pero lo que queda de él… es otra cosa.” Sus palabras parecían teñidas de un resentimiento antiguo, un rencor arraigado en el polvo mismo de ese pueblo.
Mientras descendíamos, el calor era cada vez más sofocante. “Aquí, hasta los muertos regresan por su cobija”, dijo el hombre, su voz entrecortada, como si ese aire ardiente le arrancara las palabras a tirones. Había algo siniestro en la forma en que hablaba, una ironía punzante, y no pude evitar sentir un escalofrío que iba más allá del calor sofocante. Lo miré, buscando alguna chispa de humanidad, pero él mantenía su vista fija en el camino de polvo, sin mirarme.
