Pedro Páramo
Pedro Páramo “¿Por qué se siente tan triste todo esto?” me atreví a preguntar, aunque la respuesta parecía evidente en cada piedra seca, en cada rincón deshabitado. Él, sin voltear, murmuró: “Son los tiempos… Todo aquí espera algo que nunca llega, una paz que no alcanza a los muertos ni a los vivos. Comala está… sola.”
A cada paso, sentía como si algo me jalara hacia el fondo de una caverna sin salida. El camino parecía respirar un aire pesado y oscuro, y el silencio… el silencio era espeso, envolvente, un eco de vidas desvanecidas que aún parecían tener cosas que decir, que se sentían aún incompletas. Caminaba escuchando el trote de los burros, que rebotaba como un eco interminable en la canícula, como si el mismo sonido se quedara atrapado en ese paisaje muerto. Era una espera agonizante, una tensión sin alivio.
En un momento, el hombre, el único ser vivo que parecía habitar ese espacio junto a mí, se detuvo, señalando hacia la llanura. “Allá”, dijo, señalando una loma que parecía desgastada por años de sol. “Detrás de ese cerro, ahí empieza la Media Luna… la tierra de Pedro Páramo. Todo lo que alcanzas a ver, todo eso, es suyo.”
