Esto no existe
Esto no existe La narrativa de género se ha instalado como una verdad absoluta, una ideología que ya no admite matices ni preguntas. Todo lo que la contradiga es tachado de negacionismo, sin importar que se base en datos, experiencias reales o testimonios dolorosos. Se presenta como una doctrina indiscutible: vivimos en un patriarcado opresor, todos los hombres son potencialmente violentos, y toda crítica es una forma encubierta de misoginia.
Este relato ha colonizado no solo la política y los medios, sino también la educación, la justicia y el lenguaje. Se ha convertido en un marco obligatorio desde el cual deben interpretarse todos los conflictos entre hombres y mujeres. Cualquier desviación del guion es un riesgo de ser expulsado del debate público. El pensamiento complejo ha sido sustituido por consignas simplificadoras que oponen víctimas y agresores como si fueran bloques monolíticos.
Quien intenta discutir las consecuencias negativas de esta narrativa —como las denuncias instrumentales o el daño a hombres inocentes— es estigmatizado de inmediato. No se permite cuestionar si la medicina ha generado efectos secundarios graves, porque admitirlo implicaría traicionar la causa. Así, el relato se convierte en una forma de censura, una religión de Estado que exige fe ciega y castiga la duda con el ostracismo social.
