Te doy mi corazón
Te doy mi corazón A medida que Sophie creció, los años le trajeron amargura y soledad bajo el mando de Araminta, quien no dejaba de recordarle su lugar. Con la repentina muerte del conde, aquella pequeña esperanza de algún día ser vista como familia se esfumó. La lectura del testamento fue un golpe final. La frialdad de Araminta se convirtió en odio absoluto. "¿Esa miserable bastarda? —había exclamado—. No merece ni un centavo ni mi compasión". Pero, según la última voluntad del conde, Araminta recibiría un generoso ingreso anual, siempre que mantuviera a Sophie bajo su protección hasta los veinte años.
Desde ese momento, Araminta transformó la vida de Sophie en una pesadilla aún mayor. Ya no era siquiera una pupila tolerada, sino una sirvienta sin derechos. Todos los días la obligaban a realizar las tareas más arduas de la mansión: limpiar, cocinar, planchar y servir a sus hermanastras Rosamund y Posy, quienes no perdían oportunidad de burlarse o despreciarla. Rosamund en particular disfrutaba torturándola con palabras hirientes, y Posy, aunque algo más amable, siempre le recordaba: "Mi madre dice que no debo ser simpática contigo".
