Roberto el pirata o el nieto del diablo
Roberto el pirata o el nieto del diablo El sol, que un momento antes enrojecía las nubes del horizonte, ocultóse lentamente entre las ondas.
Entonces Juan Roberto, temeroso de que el buque perseguidor los descubriese todavía, no quiso que se encendiesen luces a bordo, y durante dos horas continué su rumbo con gran riesgo de la embarcación por aquel obscuro y tenebroso piélago que formaban las sombras y el mar.
Afortunadamente, Manazas, que manejaba el timón, era un profundo conocedor de aquellos mares.
Además, la luna Be asomó entre 'cendales de tul, rielando sus melancólico i destellos en la temblorosa superficie de las aguas.
Entonces el peligro dejó de existir.
Manazas dejó la caña en manos de un marinero entendido, y dirigióse hacia el puente, donde el capitán hallábase observando la inalterable diafanidad del cielo.
—¡Buena noche, capitán-dijo el marinero.
Juan Roberto, que hallábase profundamente abstraído, fijó sus ojos en Manazas.
—Con efecto —dijo después —está muy hermosa, v tanto más me lo parece, cuanto que hemos con— seguido nuestro objeto haciendo que esa galera nos pierda de vista.
—La verdad es que bien se conoce que su capitán ha nacido en las heladas márgenes del Támesis. ¡Qué hombre tan terco! Cualquiera imaginaría, viendo su obstinación, que nos guarda algún antiguo resentimiento.