Roberto el pirata o el nieto del diablo
Roberto el pirata o el nieto del diablo Eran las tres de la tarde cuando abandonó su vivienda sin inquietarse por los abrasadores rayos del sol, que caían perpendicularmente sobre su cabeza, y cuya intensidad era capaz de derretir el plomo. Pero Roberto no se arredraba por eso.
Montó en su corcel, negro como las alas del cuervo, y dirigióse hacia la colonia vecina.
Media hora después el jinete echaba pie a tierra junto a la cancela de la valla que circuía la casa del hidalgo Medina.
El negro Domingo acudió con su acostumbrada eficacia a tomar las bridas del potro.
—¿Está tu amo?-preguntóle Roberto.
—No, señor-respondióle el negro—; el señor ha salido hace un rato.
—¿Acaso no le dijiste ayer que hoy vendría a saludarle?
—Sí que se lo dije, pero sin duda el señor no esperaría que vinieseis a esta hora.
—Comprendo que es algo importuna.
—Importuna para vos, que vendréis asado.
—¿Y sabes si tardará en volver?
—Creo que no, pues no acostumbra a estar fuera de casa mucho rato.
—En ese caso, condúceme a su estancia, y le esperaré.