Roberto el pirata o el nieto del diablo
Roberto el pirata o el nieto del diablo Y don Diego de Medina aventuróse por la calle de árboles que conducía a la casa, pero antes de entrar en ella se detuvo en el pabellón donde Laura leía.
—Buenas tardes, hija mía-dijo el hidalgo
La joven presentó a don Diego su frente, en la que éste depositó un beso.
Luego dirigióse a su aposento.
En éste esperábale Roberto, como ya saben nuestros lectores.
Al ver al hidalgo Medina púsose en pie.
—Sentaos-dijo don Diego con franca rudeza—; estamos en la montaña, a dos mil leguas de los países civilizados, y debe prescindir se, por lo tanto, de las fórmulas que la etiqueta exige.
—Pues mi objeto al venir a esta casa— dijo Roberto-no es otro que tener el gusto de saludar y ofrecer mis servicios al colono más antiguo de las montañas de Cibao.
—Con efecto; hace veinte años que resido en estas soledades, y cada vez me encuentro más satisfecho.
—No lo dudo.
—¿ Y vos pensáis instalaros aquí?
—He formado una pequeña colonia hacia la parte del Sur.
—Buena orientación. ¿Os acompañan muchos?
—No, señor: unas treinta personas.