Roberto el pirata o el nieto del diablo
Roberto el pirata o el nieto del diablo —Precisamente. Si tiene noticia de ello, mi desgracia es segura.
—No la tendrá. En este aposento no entra nadie más que yo.
—Y tú, aunque no sea más que por las relaciones amorosas que en otros tiempos sostuvimos, no has de hacerme traición.
—Desde luego.
—¡Ah, Teresa, qué buena eres!
—Más que mereces.
—¿ Por qué? ¡
—Aun recuerdo lo mal que me tratabas; pero, en fin, como han pasado tantos años y yo no soy rencorosa, te perdono.
—Asà proceden las almas nobles. ¿ Dices que en esta habitación no entra nadie?
—Nadie absolutamente; y si por casualidad tuviera la señorita el capricho de venir alguna vez, te ocultas en la próxima estancia, que, como sabes, es mi dormitorio. Por lo demás, nada ha de faltarte. Yo te traeré de comer y alguna botella, si es que conservas la afición al zumo de la vid.
—¡Ya lo creó! Sabes que mi lema fué siempre la constancia.
—Ahora voy. a dejarte solo, pues la señorita estará echándome de menos. Cuando te encontré en la escalera bajaba a un encargo suyo.