Roberto el pirata o el nieto del diablo
Roberto el pirata o el nieto del diablo El hidalgo sacó un bolsillo, vaciándolo sobre la mesa.
Cardona miró con indiferencia las monedas de oro.
—He aquà los doscientos escudos.
—Vengan; y me alegraré que tengáis muchos resentimientos, para qué apeléis con frecuencia a mis servidos.
—Sobre todo, lo que os encargo es mucha discreción.
—Por cuenta propia he de tenerla.
—Y que no erréis el golpe.
Cardona dirigió al hidalgo una mirada despreciativa.
—¡ Errar yo el golpe!-repitió—. Más fácil es que el sol deje de alumbrar durante el dÃa.
—Y que elijáis un lugar conveniente.
—Todo se arreglará, hidalgo; todo se arreglará. Decidme, i ese joven suele ir solo, o acompañado de algún escudero?
—Generalmente va solo.
—No creáis que os hago esta pregunta a humo de paja.
—Me lo figuro.
—Si va solo, no necesito recurrir a nadie.
—ConvendrÃa, sin embargo...
—No lo creáis. Cuantos menos bultos, más claridad.
—Sea a vuestro capricho.
—Esta noche, a eso dé las ocho, le esperaré.