Roberto el pirata o el nieto del diablo

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Con la sentencia en la mano, sus espantados ojos miraban á Gil de Mesa, que permanecía en pie, mudo y sombrío.

—¡Ya lo véis!-exclamó éste por fin, con sordo acento. Bien os decía yo que no fiaseis en las palabras de don Felipe ¡Tengo yo un corazón mas leal!

—¡Pero, Gil; esto es increíble!

—Y, sin embargo, nada más cierto, por desgracia...

—Felipe II es un tigre, y, lo que es peor, un infame...

—Lo que queráis: lo que no podéis dudar es yo tengo un buen olfato, y que razón me sobraba cuando os decía que no os entregáseis demasiado á los halagos de la esperanza. Fiad, fiad, ahora en la clemencia del rey: dejad que haga libremente lo que quiera, sin defenderos, y ya veréis en qué paramos.

—¡Estoy asombrado de tanta perfidia!

—Pues válganos el haberos acogido al territorio aragonés y puestos bajo la salvaguardia de sus leyes; que no, á estas horas ya habría sido paseada vuestra cabeza en la punta de una pica por las calles de Madrid.

—No me lo recordéis, Gil: tiemblo de sólo pensarlo.

—De manera que, ya sabéis, no tenéis que esperar ni la menor vislumbre de clemencia.

—Este golpe terrible me convence para siempre.


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