Roberto el pirata o el nieto del diablo
Roberto el pirata o el nieto del diablo —Sentaos, capitán, y escuchadme-contestó don Alonso.
No se hizo de rogar el veterano; tomó una silla, y se acercó a la monumental chimenea, a cuyo vivo fuego se estaba calentando el general castellano, pues la noche aquella era una rigurosa noche de invierno, y una fría y espesa niebla envolvía a Zaragoza y su llanura.
—Tenemos qué cumplir órdenes severas de la católica majestad del rey nuestro señor-murmuró, atusándose el canoso bigote, don Alonso de Vargas—; y vos, capitán Juan de Velasco, vais a ser el primer ejecutor de la voluntad soberana.
—Si sé trata de repartir cuchilladas y cintarazos entre estos revoltosos aragoneses, mi espada será la primera en caer sobre ellos.
Bravo y enojado estáis, señor capitán.
—Mi general, es que ha tiempo anda ociosa mi tizona, y yo no soy hombre para estarme mucho con las manos en los bolsillos.
—Paréceme no habrá necesidad de venir a las manos, porque los aragoneses creo se asustan de nuestra sombra, y no llevan trazas de disputarnos la autoridad que hemos venido a ejercer en nombre de don Felipe II.
—Como tenemos buenos arcabuces y excelentes bombardas que saben escupir fuego del infierno, no es extraño que nadie quiera habérselas cara a cara con nosotros.