Roberto el pirata o el nieto del diablo

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Entonces don Rodrigo, ayudado de Carranza, encerró al que creían cadáver en la bodega de la casa, y el primero, siempre intranquilo por haber llegado hasta él la recriminación del hermano de Juan Sinmiedo, dirigióse de nuevo a la corte, recomendando mucho a Carranza que hiciese desaparecer las rojas huellas de sangre que quedaron impresas en el pavimento.

No es necesario repetir lo que sucedió después, ni la sorpresa experimentada por el comediante cuando vió penetrar en la casa al bueno de Pepín, cuya semejanza con Acebedo no podía ser más perfecta.

Mauricio, que arrojóse al campo por una de las grietas que había en el desván, temiendo con sobrada razón el enojo del hidalgo Peñalosa, se ocultó en un próximo trigo, cosa que no le fué difícil, dada su poca corpulencia.

Allí permaneció más de dos horas, hasta que llegó hasta él un fuerte olor a madera quemada, unido a una vivísima claridad.

Entonces decidióse a sacar la cabeza fuera de su escondrijo.

La venta estaba ardiendo, y a los cárdenos fulgores que despedían las llamas, vió con gran asombro salir dos hombres de la casa, que, a pesar del incendio; aparentaban una gran tranquilidad, no pensando ni remotamente en sofocarlo.


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