Cartas a Felice
Cartas a Felice Este es el primer hecho implacable. El segundo reside en nosotros dos. He descubierto que ambos somos mutuamente implacables; no porque al uno le importara el otro demasiado poco, pero somos implacables. Tú probablemente en toda tu inocencia, y, por lo tanto, sin sentimiento de culpabilidad, y de ahí que también sin el sufrimiento que este trae consigo. En mí la cosa es diferente. Puede que constituya una desgracia esa incapacidad mía para disputar, diríase que espero brote desde dentro la convicción que ansío, y no me tomo la molestia de convencer por el camino recto, o mejor dicho, me la tomo, pero resulta que apenas se nota, dada mi gran incapacidad de convencer. Este es el motivo por el que no tenemos ninguna pelea externa, marchamos plácidamente uno al lado del otro, pero entre tanto el aire entre nosotros se ve constantemente estremecido, como si alguien lo cortara con un sable. Y para no olvidarlo: tampoco tú disputas, también tú te resignas, y esa resignación, teniendo en cuenta que es igualmente inocente, puede que te resulte mucho más difícil que la mía.