Cartas a Felice
Cartas a Felice Y ahora, claro está, sucede lo que yo había previsto con toda precisión. Yo no emprendí viaje voluntariamente, sabía lo que me amenazaba. Me amenazaba la tentación de la proximidad, esa tentación insensata que me tiene lo que se dice acogotado y que no me abandona ni siquiera en esta habitación glacial. Por la mañana estabas junto al banco sobre el que se encontraban las dos carteras, y por la tarde estabas frente a los pocos escalones que conducían al café. El pensar en esto me resulta poco menos que insoportable, pese a los duros y numerosos ejercicios de raciocinio de estos últimos años. No sé cómo voy a arreglármelas para llevar a cabo mi trabajo, pero es preciso que lo haga.
No será mucho lo que te escriba, las cartas me salen muy lentamente, además tampoco escribo tan libremente como en otros tiempos, y tampoco te atosigaré con peticiones de que me escribas, poco ha sido lo que hemos conseguido con nuestras cartas, tenemos que tratar de alcanzarlo de otra manera. Por muy imposible que parezca actualmente, puede que, sin embargo, logre arreglármelas para trabajar por las tardes, en todo caso lo intentaré. Y en cierto sentido ese trabajo tiene en ti su razón de ser, pese a que por ejemplo no sé qué demonio haya forzado a tu boca a decir que yo debería intentar hacer algo con la fábrica. ¡Por qué has de comprender mejor a la fábrica que a mí!