Cartas a Milena

Cartas a Milena

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Querida señora Milena: He leído el Diablo, es admirable, primero ni siquiera como ejemplo, ni siquiera como descubrimiento, sino como la presencia de una persona inconcebiblemente valerosa y, para que sea aún más inconcebible, de una persona que, como muestra la frase final, entiende también de cosas que no son el valor y que sin embargo es valerosa. No me gusta hacer esta comparación, pero se impone inevitablemente: lo que se lee ahí es como un matrimonio o como el hijo de un matrimonio entre un judaísmo que está a punto de autodestruirse y en ese momento se ve sujetado por la fuerte mano de un ángel —ahora ya no claramente visible, turbado por lo terrenal de ese matrimonio, pero antes probablemente imposible para este mundo terrenal, demasiado grande para los ojos humanos—, o sea, por la fuerte mano de un ángel, que para no dejar que se vaya a pique ese judaísmo, tanto es el amor que le profesa, se casa con él. Y ahora está aquí, el hijo de ese matrimonio y mira alrededor, y lo primero que ve es al diablo en el hogar, una espantosa aparición, y algo que antes del nacimiento de ese niño no existía en absoluto. Comoquiera que sea, los padres no lo conocían. El judaísmo llegado —casi habría dicho: llegado felizmente— a su final no conocía ese diablo, ya no tendría la capacidad de hacer distinciones en asuntos diabólicos, el mundo entero era para él un diablo, y él, la obra del diablo: ¿y aquel ángel? ¿Qué tiene en común un ángel, mientras no haya caído, con el demonio? Pero el niño ve muy bien al diablo sobre el hogar. Y ahora comienza en el niño la lucha de los padres, la lucha de las convicciones que tienen el padre y la madre acerca de cómo acabar con el diablo. El ángel lleva una y otra vez al judaísmo a las alturas, allí donde ha de oponer resistencia, y una y otra vez vuelve a caer el judaísmo, y el ángel tiene que caer con él si no quiere que se hunda definitivamente. Y no se puede hacer reproches a ninguno de los dos, ambos son como son, el uno judío, el otro angélico. Pero este último empieza a olvidar su excelso origen y el otro se pone arrogante, porque de momento se siente seguro. La conversación interminable entre ellos se puede resumir más o menos en frases como las que siguen, aunque no se pueda evitar que el judaísmo tal vez tergiverse frases del ángel cuando él las pronuncia; o sea:


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