Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Y además sin poder elevar la más mínima objeción, pues ya de entrada te es imposible hablar sin alterarte sobre ningún asunto que no goce de tu aprobación o que simplemente no emane de ti; tu temperamento autoritario no lo permite. En los últimos años vienes culpando de ello a tu nerviosismo cardiaco; pero, que yo sepa, nunca has obrado de otra manera; como mucho, el nerviosismo cardiaco te sirve como instrumento para ejercer tu autoridad de modo aún más riguroso, ya que quien habla contigo acaba callándose la última réplica, por consideración a tu dolencia. No te lo reprocho, por supuesto; me limito a constatar un hecho. Por ejemplo en el caso de Ottla. Sueles decir: «No se puede hablar con ella, enseguida se te echa encima»; pero lo cierto es que ella, en principio, está muy lejos de echarse encima de nadie. Confundes la persona con el asunto: es el asunto lo que se te echa encima, y tú lo zanjas de inmediato sin escuchar a la persona; una vez que has tomado tu decisión, todo lo que se pueda alegar sólo conseguirá irritarte aún más, nunca convencerte. Y entonces ya sólo se te oye decir: «Haz lo que quieras; por mí, eres libre; ya eres mayor de edad; a mí no tienes que hacerme caso», y todo con ese temible tono ronco en el que resuenan la ira y la condena sin remisión, que si hoy en día me hace temblar menos que en mi infancia, es porque en mí la antigua omnipresencia del sentimiento de culpa ha dejado paso a la conciencia de que ambos somos impotentes.