Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre La imposibilidad de tratar contigo de manera apacible tuvo otra consecuencia, desde luego muy natural: perdí el habla. Cierto, de cualquier modo nunca habría llegado a ser un gran orador, pero al menos dominaría el lenguaje corriente con la misma fluidez que la mayoría de la gente. Tú sin embargo me cerraste la boca desde bien pronto; tu amenaza: «¡Ni se te ocurra contradecirme!» y la mano levantada que la acompaña me resultan familiares desde siempre. Tú, cuando se trata de tus asuntos, haces gala de una elocuencia extraordinaria; yo, en cambio, me acostumbré a hablar en tu presencia a trompicones y tartamudeando. Y como eso seguía pareciéndote excesivo, acabé callando del todo, al principio quizá por tozudez, pero luego porque era incapaz de pensar y de hablar en tu presencia. Y como tú eras mi educador, eso se extendió a todos los rincones de mi vida. Es realmente extraño que pienses que nunca me he plegado a tus deseos. En realidad, y al revés de lo que tú crees y me reprochas, «llevar la contraria por sistema» nunca ha sido el principio por el que me rijo en todo lo referente a ti. Al contrario: si te hubiera obedecido menos, seguro que estarías mucho más satisfecho de mí. No, lo cierto es que tu método educativo ha resultado extraordinariamente eficaz; no he escapado a ninguno de sus mecanismos; si soy como soy (sin entrar ahora a considerar, por supuesto, la predisposición natural y el poso que va dejando la vida), es a causa de tu educación y de mi obediencia. Si pese a ello el resultado de tu educación te parece tan lamentable, es más, si te niegas inconscientemente a reconocerlo como tal, es porque tu mano y el material que en mí tenías han sido siempre del todo ajenos el uno al otro. Decías: «¡Ni se te ocurra contradecirme!», y con ello pretendías acallar las fuerzas opuestas a ti que había en mi interior, y que te molestaban; pero el efecto era demasiado fuerte para mí: era demasiado obediente, acabé por guardar silencio por completo, ocultarme a tu vista, no osar moverme más que cuando estaba lo bastante lejos de ti para que tu poder no me alcanzase, al menos directamente. Pero tú veías en eso una nueva provocación, un nuevo intento de «llevar la contraria», cuando no era más que consecuencia lógica de tu fuerza y mi debilidad.