Diarios & Carta al padre

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Un ejemplo muy ilustrativo de los efectos de tu educación, en un contexto más amplio, fue el caso de Irma[954]. Por un lado, venía de fuera, llegó a la tienda siendo ya adulta y para ella tú eras fundamentalmente su jefe, es decir, se sometió a tu influencia sólo en parte y a una edad en la que ya estaba capacitada para presentar resistencia; pero por otro lado era una pariente carnal, que veía en ti al venerado hermano de su padre, de modo que tu poder sobre ella era mucho mayor que el de un jefe. Y sin embargo, Irma, que, pese a su fragilidad física, era una persona capaz, inteligente, laboriosa, discreta, digna de confianza, desprendida y fiel, que te amaba como tío y te admiraba como jefe, y que supo estar a la altura en otros empleos, antes y después de pasar por la tienda, no fue para ti una buena empleada. Y es que, debido también en parte a nuestra presión, ocupaba a tus ojos una posición muy cercana a la de una hija; y el poder avasallador de tu persona fue tan grande incluso para ella, que a no tardar empezó a dar signos de distracción, falta de interés, humor desesperado, e incluso una cierta rebeldía, en la medida que era capaz de tenerla, aunque todo ello solo de cara a ti, y espero que sin sufrir tanto como se sufre de niño. Aun así, no pongo en duda que pudieron influir otros factores, como su mala salud, su infelicidad en general y la difícil situación familiar que la lastraba. Tú mismo resumiste el aspecto a mi juicio más significativo de tu relación con ella en una frase que para nosotros se ha hecho clásica, unas palabras casi blasfemas, pero que precisamente por ello demuestran la inocencia que hay, pese a todo, en tu manera de tratar a la gente: «La bendita me lo dejó todo hecho una porquería».


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