Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre A la vista de todo esto, era de esperar que no sintiera el menor interés por la familia, como tú dices; pero sucedió más bien lo contrario: sà tenÃa un interés, aunque negativo: el de desasirme interiormente de ti, en un proceso que por supuesto nunca concluÃa. Con todo, tu influencia tuvo efectos todavÃa peores, si cabe, sobre mis relaciones con las personas de fuera de la familia. Te equivocas de medio a medio cuando piensas que soy capaz de hacer cualquier cosa por los otros, por amor y lealtad, y en cambio, debido a mi indiferencia y mi maldad, no muevo un dedo por ti ni por la familia. Te lo repito por enésima vez: seguramente en otras circunstancias también me habrÃa convertido en una persona temerosa y poco sociable, pero de ahà a donde he ido a parar hay un largo y oscuro trecho. (Hasta el momento han sido relativamente pocas las cosas que he silenciado conscientemente en esta carta, pero ahora y más adelante voy a tener que pasar por alto otras muchas que todavÃa me cuesta demasiado confesarte (a ti y a mÃ). Lo digo para que, si en algún momento la imagen de conjunto te resulta un poco vaga, no creas que es por ausencia de ejemplos; al contrario: no faltan ejemplos que podrÃan conferir a la imagen una rudeza insoportable. No es fácil encontrar un punto medio.) Por lo demás, en este caso basta con refrescar un poco la memoria: bajo tu influencia, perdà la confianza en mà mismo y la sustituà por un infinito sentimiento de culpa. (Pensando en esa infinitud, escribà una vez certeramente acerca de alguien: «Teme que la vergüenza le sobreviva[955]».) No podÃa transformarme de repente cuando estaba con otras personas; al contrario, ante ellas se acentuaba aún más mi sentimiento de culpa, pues, como ya he dicho, me sentÃa obligado a compensar el daño que tú les hacÃas en la tienda, del que me sentÃa corresponsable. Además, tú siempre tenÃas algo que objetar, abiertamente o en secreto, contra cualquier persona con la que yo tratase, y me veÃa forzado a expiar esa culpa en mi relación con ella. La desconfianza hacia la mayorÃa de la gente que intentaste inculcarme en la tienda y en casa (nómbrame una sola persona que por cualquier motivo fuera importante para mà en la infancia y a la que no hayas dejado completamente por los suelos al menos una vez), y que a ti, curiosamente, no parecÃa afectarte demasiado (al fin y al cabo, eras lo bastante fuerte para soportarla, y tal vez no era, en realidad, sino un emblema de tu autoridad): esa desconfianza —para la que yo, con mis ojos infantiles, nunca encontraba motivo, ya que no veÃa a mi alrededor más que personas excelentes, con las que jamás podrÃa compararme— se transformó en mi caso en desconfianza hacia mà mismo y miedo permanente a todas las demás personas. Queda claro, pues, que difÃcilmente podÃa buscar en ellas refugio frente a ti. Tú no te dabas cuenta, quizá porque en realidad desconocÃas por completo mis relaciones, y te parecÃa imposible que fuera de casa me comportara de la misma manera que dentro, de modo que, presa de la desconfianza y los celos (como ves, no niego en ningún momento que me quieras), suponÃas que buscaba fuera de la familia lo que, debido a mi desapego, no hallaba en ella. Por otro lado, en la infancia la desconfianza hacia mi propio criterio me consolaba hasta cierto punto; me decÃa: «Exageras; como todos los jóvenes, crees ver cosas excepcionales en lo que no son más que menudencias». Pero más adelante, a medida que se ensanchaba mi visión general del mundo, me fui quedando también sin ese consuelo.