Diarios & Carta al padre

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Más adelante, en mi primera juventud, no comprendía cómo, siendo el judaísmo para ti algo tan insignificante, podías reprocharme que yo (aunque sólo fuera por devoción, como decías) no me esforzase en cultivar también esa insignificancia. Realmente, por lo que yo podía ver, era una nimiedad, un juego, no llegaba siquiera a juego. Ibas al templo cuatro días al año, y allí te alineabas más bien con los indiferentes que con los que se lo tomaban en serio, despachabas con paciencia las plegarias, como quien ventila una formalidad, y a veces me asombrabas mostrándote capaz de señalarme en el devocionario el pasaje que estaban recitando en aquel momento; por mi parte, yo podía merodear por todo el templo, con tal de que no saliera de él (eso era lo único que contaba). Me pasaba aquellas horas inacabables bostezando y dormitando (más tarde creo que sólo me aburrí tanto en las clases de baile) e intentando disfrutar en lo posible de las pocas distracciones que el lugar ofrecía, por ejemplo cuando abrían el Arca de la Alianza, lo cual siempre me recordaba a las casetas de tiro, donde, cuando uno acertaba en el blanco, también se abría la puerta de un cajón, con la diferencia de que en la feria siempre salía algo interesante, mientras que allí eran invariablemente los mismos viejos muñecos sin cabeza[956]. Por otro lado, también pasé mucho miedo, tanto el que me producía inevitablemente el contacto con tanta gente, como el que me causaste tú al comentar como de pasada que también a mí podían hacerme salir a leer la Torá. Pasé años temblando ante esa posibilidad. Pero aparte de eso nunca vi turbado en lo esencial mi aburrimiento, a excepción quizá de cuando me tocó hacer la bar-mitsvá[957], lo cual, sin embargo, no me exigió más que aprenderme de memoria una serie de ridiculeces, sin más objetivo que vomitarlas después de manera no menos ridícula en una especie de examen. También atrajeron mi atención algunos otros acontecimientos de escasa relevancia, como cuando salías tú a leer la Torá y superabas con éxito aquella prueba, que a mi entender tenía un valor exclusivamente social, o cuando, en la fiesta de la conmemoración de los difuntos, tú te quedabas en el templo y me enviabas a mí a casa (lo cual, durante mucho tiempo, seguramente también debido a mi falta de interés sincero, me hizo sospechar casi inconscientemente que había de tratarse de alguna indecencia). Así eran las cosas en el templo; en casa el panorama era aún más desolador, y se limitaba a la primera noche del Seder[958], que progresivamente fue convirtiéndose en una comedia con accesos de risa, debido sobre todo a la influencia de los hijos a medida que íbamos haciéndonos mayores. (¿Por qué te plegaste a aquella influencia? Porque tú mismo le dabas pie.) Ése fue, en fin, el material religioso que me transmitiste, al que cabría añadir, a lo sumo, tu mano extendida señalando a «los hijos del millonario Fuchs», que acompañaban a su padre en el templo en las grandes celebraciones. Yo no comprendía qué otra cosa podía hacerse con aquel material sino desprenderse de él lo antes posible, y precisamente ese desprendimiento me parecía el único acto realmente devoto.


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