Diarios & Carta al padre

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Pero, más allá de eso, quizá todavía sea yo mismo la mejor fuerza auxiliar de mis agresores, yo, el que ahora ha dejado la pluma para abrir la ventana. En efecto, me subestimo y eso por sí solo ya significa sobreestimar a los otros, pero es que además realmente los sobreestimo, e incluso sin contar con eso me hago daño directamente a mí mismo. Si me vienen ganas de hacer reproches, me asomo a la ventana. Quién negará que los pescadores de caña están sentados allá en sus barcas, como si fueran escolares a los que han llevado de la escuela al río; pues bien, su quietud es a menudo incomprensible, como la de las moscas en el cristal de la ventana. Y, naturalmente, por el puente pasan los tranvías como siempre, con groseros ruidos de viento, y sonando como relojes estropeados; no cabe duda de que el policía, negro de pies a cabeza, con la luz amarilla de la chapa en el pecho, no evoca otra cosa que el infierno y en este momento está contemplando, con pensamientos parecidos a los míos, a un pescador de caña que, de repente, llora, tiene una aparición, o se agita el corcho de su caña, se inclina hacia el borde de la barca. Todo eso es correcto, pero en su momento, ahora lo único correcto son los reproches.





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