Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Elevarse por encima de un estado lamentable ha de ser fácil aunque se aplique una energía intencionada[286]. Me incorporo bruscamente del sillón, doy vueltas a la mesa, muevo cabeza y cuello, pongo ardor en mis ojos, tenso los músculos en torno a ellos. Yendo en contra de cualquier sentimiento, saludo efusivamente a Löwy cuando viene a verme, tolero cordialmente a mi hermana en mi habitación e ingiero a grandes tragos, pese al sufrimiento y al esfuerzo, todo cuanto se dice en casa de Max. Es posible que alguna de estas cosas me salga bien, pero cualquier error —imposible de evitar, por lo demás— bastará para bloquearlo todo, lo fácil y lo difícil, y tendré que volver hacia atrás en círculo. De ahí que el mejor consejo sea aceptarlo todo con la mayor tranquilidad posible, comportarse como una masa pesada y, aunque nos sintamos como impelidos por el viento, no dejarse arrancar un solo paso innecesario, observar a los demás con mirada animal, no sentir el menor arrepentimiento, entregarse a lo inconsciente que uno cree lejos aunque esté quemándose con ello, dejar que los angulosos e inmutables miembros de uno adopten la postura que quieran, en pocas palabras, aplastar con la propia mano el fantasma de vida que aún quede, es decir, aumentar todavía más la última paz sepulcral y no dejar subsistir nada aparte de ella. Un gesto característico de semejante estado es pasarse el dedo meñique por las cejas.
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