Diarios & Carta al padre

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Por último se metió la carta en el bolsillo, salió de su habitación y, atravesando un pequeño pasillo, se dirigió a la de su padre, en la que no había estado hacía meses. Lo cual tampoco era necesario, pues en el negocio mantenía un contacto permanente con él y hasta almorzaban juntos en un restaurante. Cierto es que por la noche cada cual se servía a su aire, aunque luego se quedaban un rato más en la sala de estar, cada uno enfrascado en su periódico, a no ser que Georg, como ocurría con mucha frecuencia, saliera con sus amigos o fuera a visitar a su novia.

Georg se extrañó de que la habitación de su padre estuviera tan oscura incluso aquella mañana soleada. ¡Cuánta sombra arrojaba el alto muro que se alzaba al otro lado del estrecho patio! El padre estaba sentado junto a la ventana, en un rincón adornado con distintos recuerdos de la difunta madre, leyendo el periódico que sostenía oblicuamente ante sus ojos para compensar una debilidad ocular. Sobre la mesa se veían los restos del desayuno, del que no parecía haber consumido mucho.

¡Ah, Georg!, dijo el padre saliendo a su encuentro. Su pesada bata se le abrió al andar y los bordes ondearon en torno a él. Mi padre sigue siendo un gigante, pensó Georg. La oscuridad aquí es insoportable, dijo luego. Pues sí que está oscuro, respondió el padre. ¿También has cerrado la ventana?

Lo prefiero así.


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