Diarios & Carta al padre

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El fogonero llamó respetuosamente a la puerta y, cuando alguien exclamó «¡Adelante!», invitó a Karl con un ademán a que entrara sin miedo. Karl entró, pero se quedó de pie junto a la puerta. Por las tres ventanas de la habitación veía las olas del mar, y la visión de su alegre cabrilleo le hizo latir el corazón más aprisa, como si no hubiera visto el mar durante cinco largos días seguidos. Unos barcos enormes entrecruzaban sus estelas y cedían al embate de las olas sólo en la medida en que su peso se lo permitía. Entornando los ojos, se tenía la impresión de que aquellos barcos se balanceaban por su propio peso. En sus mástiles llevaban banderolas estrechas, pero alargadas, que se agitaban de un lado a otro, aunque el desplazamiento del barco las alisara. Se oyeron salvas que llegaban probablemente de unos barcos de guerra. Uno de ellos pasaba en ese instante no muy lejos, y sus cañones, relucientes por el reflejo de la capa de acero, parecían acariciados por aquel movimiento seguro y liso, aunque nunca horizontal. Las lanchas pequeñas y los botes sólo podían verse a lo lejos —al menos desde la puerta—, cuando aparecían, numerosos, en los espacios libres que dejaban los barcos grandes. Pero detrás de todo aquello se alzaba Nueva York, que observaba a Karl con las miles de ventanas de sus rascacielos. Sí, en aquella habitación sabía uno dónde estaba.



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