Diarios & Carta al padre

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Karl no tuvo mucho tiempo de verlo todo, pues enseguida se les acercó un ordenanza y preguntó al fogonero, mirándolo como si estuviera fuera de lugar allí, qué deseaba. El fogonero respondió, en voz tan baja como la del que lo había interrogado, que quería hablar con el señor cajero jefe. El ordenanza, a su vez, rechazó la petición con un gesto de la mano, pero se dirigió de puntillas, esquivando la mesa redonda con un gran rodeo, hacia el hombre de los infolios. El señor —esto se vio muy claramente— se quedó como petrificado al oír las palabras del ordenanza, pero por fin se volvió a mirar al hombre que deseaba hablar con él, y agitó las manos con un ademán de estricto rechazo en dirección al fogonero y, para mayor seguridad, también hacia el ordenanza. Éste volvió a donde estaba el fogonero y dijo, como si le estuviera confiando algo: «¡Lárguese ahora mismo de esta habitación!».

Al oír esta respuesta, el fogonero bajó la mirada hacia Karl, como si él fuera su corazón y tuviera que contarle sus penas en silencio. Sin pensárselo dos veces, Karl atravesó la habitación en diagonal, rozando incluso levemente la silla del oficial, y el ordenanza, encorvado y con los brazos abiertos como si persiguiera una sabandija, corrió tras él. Pero Karl fue el primero en llegar a la mesa del cajero jefe, a la que se aferró por si el ordenanza intentaba apartarlo.


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