Diarios & Carta al padre

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Karl hurgó en su bolsillo secreto, que no tuvo reparo en exponer a las miradas de aquella gente, y sacó su pasaporte, que puso sobre la mesa, abierto, a guisa de presentación. El cajero jefe pareció no dar mayor importancia al pasaporte, pues lo apartó a un lado con dos dedos, tras lo cual Karl, como si la formalidad se hubiese cumplido satisfactoriamente, volvió a guardarse el documento. «Me permito decir», empezó luego, «que, a mi entender, se ha cometido una injusticia con el señor fogonero. Hay por aquí un tal Schubal que se dedica a atosigarlo. El señor fogonero ha servido ya de modo plenamente satisfactorio en muchos barcos y podría enumerarlos todos, es trabajador, le gusta lo que hace y la verdad es que no se entiende por qué precisamente en este barco, donde el servicio no es tan duro como, por ejemplo, en los veleros mercantes, tendría que haber respondido mal. Sólo puede tratarse de una calumnia que le impide abrirse camino y lo priva de un reconocimiento que, en otras circunstancias, seguramente no le faltaría. Yo me he limitado a decir generalidades sobre este asunto, pero él mismo les expondrá sus reclamaciones concretas.» Karl había dirigido su discurso a todos aquellos señores, pues, de hecho, todos lo escuchaban, y parecía mucho más probable encontrar algún justo entre todos ellos que confiar en que ese justo fuese precisamente el cajero jefe. Astutamente, había silenciado que conocía al fogonero desde hacía sólo un rato. Por lo demás, habría hablado mucho mejor si no lo hubiera confundido la rubicunda cara del señor del bastoncillo de bambú, al que veía por primera vez desde el lugar en que se hallaba.


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