Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Resultó que en aquellas ruinas vivía una parte del personal del hotel, que se había quedado sin trabajo a causa del incendio. Cuando el coche de Liman se detuvo, enseguida llegó corriendo un señor vestido con una levita negra cruzada y una corbata color granate; contó la historia del incendio a Liman, que lo escuchaba malhumorado; mientras hablaba iba enroscándose en los dedos las puntas de su barba, larga y rala, y sólo dejó de hacerlo para indicarle a Liman el lugar donde se había originado el incendio, cómo se había propagado y cómo, al final, todo acabó derrumbándose. Liman, que durante toda esta historia apenas había alzado los ojos del suelo y no había soltado la manilla de la puerta del coche, estaba a punto de gritarle al cochero el nombre de otro hotel al que debía conducirlo, cuando el hombre de la levita cruzada, alzando los brazos, le rogó que no fuese a otro hotel, sino que permaneciese fiel a ese del que siempre se había mostrado contento. Aunque aquello solo era, claramente, una forma de hablar y nadie podía acordarse de Liman, del mismo modo que Liman apenas reconoció a uno solo de los empleados y empleadas que divisó en la puerta y en las ventanas, sin embargo preguntó, como hombre apegado a sus costumbres que era, de qué modo podía él permanecer fiel en aquel momento al incendiado hotel. Entonces se enteró —y hubo de sonreír involuntariamente ante aquel atrevimiento— de que para los antiguos clientes del hotel, pero sólo para ellos, se habían dispuesto hermosas habitaciones en casas particulares, Liman no tenía más que dar la orden y lo llevarían enseguida allí; quedaba muy cerca, no perdería tiempo, y el precio, por deferencia hacia los clientes y porque al fin y al cabo se trataba de una sustitución, era especialmente bajo, bien que la comida, preparada según recetas vienesas, era mejor, si cabía, y el servicio, más atento que en el antiguo hotel Kingston, sin duda deficiente en no pocos aspectos.