Diarios & Carta al padre

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«Gracias», dijo Liman mientras se montaba en el coche. «Sólo me quedaré cinco días en Constantinopla, y por tan poco tiempo no voy a instalarme en una casa particular, no, me marcho a un hotel. Pero el próximo año, cuando yo vuelva y el hotel de ustedes esté reconstruido, con toda seguridad me alojaré en él. ¡Permítame!» Y Liman quiso cerrar la puerta del coche, cuya manilla había agarrado ahora el representante del hotel. «¡Señor!», dijo éste suplicando, y alzó la vista hacia Liman.

«¡Suelte!», exclamó Liman, tiró de la puerta y ordenó al cochero: «Al hotel Royal». Pero ya fuera que el cochero no entendía la orden, ya fuera que aguardaba a que se cerrase la puerta, permaneció sentado en el pescante como una estatua. El representante del hotel no soltaba de ninguna manera la puerta, es más, incluso hacía insistentes señas a sus colegas para que se moviesen y acudieran a ayudarlo. Parecía esperar mucho, especialmente de una de las muchachas, y gritaba una y otra vez: «¡Fini! ¡Venga, Fini! Pero ¿dónde está Fini?». La gente de las ventanas y de la puerta se había vuelto hacia el interior del edificio, daba gritos confusos, se la veía pasar corriendo tras las ventanas, todos andaban buscando a Fini.



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