Diarios & Carta al padre

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Sin duda, con un empujón Liman habría podido apartar de la puerta a ese hombre que le impedía marcharse y al que, evidentemente, sólo el hambre daba ánimos para comportarse de aquella forma —el hombre también lo comprendía así y por eso no se atrevía a mirar a Liman—, pero Liman ya había tenido en sus viajes demasiadas experiencias malas como para ignorar lo importante que es evitar todo escándalo en el extranjero, por mucha razón que uno tenga, y por eso volvió a apearse del coche con tranquilidad, sin prestar por el momento atención al hombre que sujetaba crispadamente la puerta, se dirigió al cochero, le repitió la orden, le mandó de modo expreso irse enseguida de allí, se acercó luego al hombre de la portezuela, asió su mano de un modo en apariencia normal, pero apretándola en secreto con tanta fuerza que el hombre casi dio un salto y apartó sus dedos de la manilla, al tiempo que gritaba «Fini» en una mezcla de orden y estallido de dolor.

«¡Ya viene! ¡Ya viene!», gritaron desde todas las ventanas, y una muchacha sonriente salió corriendo de la casa con la cabeza medio inclinada, las manos en el peinado apenas acabado de arreglar, y se dirigió hacia el coche. «¡Rápido! ¡Al coche! ¡Que está lloviendo a cántaros!», exclamó, al tiempo que agarraba a Liman por los hombros y acercaba mucho su cara a la de él. «Yo soy Fini», dijo luego quedamente y recorrió con sus manos, acariciándolos, los hombros de Liman.


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