Diarios & Carta al padre

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Hago planes. Miro fijamente de frente para no alejar mis ojos de los imaginarios agujeros del imaginario calidoscopio cuyo interior estoy contemplando. Mezclo confusamente propósitos buenos y propósitos egoístas; los buenos irán perdiendo su color, que pasará a los meramente egoístas. Invito al cielo y a la tierra a participar en mis planes, pero no me olvido de la gente humilde que uno encuentra en cualquier esquina y que provisionalmente puede ser más útil para mis planes. Es sólo el comienzo, una y otra vez es sólo el comienzo. Todavía estoy aquí en medio de mis penas, pero ya llega corriendo detrás de mí el enorme carro de mis planes, ya se desliza por debajo de mis pies la primera, pequeña plataforma; muchachas desnudas, como en las carrozas de carnaval de países mejores, me suben escaleras arriba, de espaldas, yo floto porque las muchachas flotan y levanto una mano para imponer calma. A mi lado se alzan rosales, arden llamaradas de incienso, descienden coronas de laurel, delante de mí y encima de mí se esparcen flores, dos heraldos, como tallados en piedra, tocan fanfarrias, el pueblo menudo acude en masa, en formación detrás de sus jefes, las plazas desiertas, relucientes, de líneas rectas, despejadas, se vuelven oscuras, se llenan de movimiento, siento el límite de los esfuerzos humanos y desde mi altura, por iniciativa propia, y con una destreza que me sobreviene de pronto, hago un número de hombre-serpiente que admiré hace muchos años, doblándome lentamente hacia atrás — en este preciso momento el cielo intenta abrirse de golpe, para dejar espacio a una aparición destinada a mí, pero se detiene—, pasando la cabeza y el tronco por entre mis piernas y levantándome poco a poco hasta quedar de pie. ¿Ha sido ésta la última elevación que le es dada a los seres humanos? Así lo parece, pues de todas las puertas del país que, profundo y grande, se halla bajo mis pies, ya veo a diablejos con cuernos salir en tromba y arrollarlo todo, bajo sus pasos romperse las cosas por la mitad, sus pequeños rabos lo barren todo, ya tengo cincuenta rabos de diablos barriéndome la cara, el suelo se ablanda, se me hunde primero un pie, luego el otro, los gritos de las muchachas me persiguen hasta la profundidad en que me sumo, en la que voy hundiéndome verticalmente por un pozo que tiene justo el diámetro de mi cuerpo pero una profundidad infinita. Esta infinitud no incita hazañas extraordinarias, todo lo que yo hiciese sería mezquino, me hundo sin que todo esto tenga sentido y eso es lo mejor.


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