Diarios & Carta al padre

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Una vez acabada la revisión, nuestra relación cambiaba. Yo siempre tenía preparado aguardiente y, en lo posible, alguna golosina. Bebíamos a nuestra recíproca salud, él cantaba con una voz pasable, pero siempre dos únicas canciones, una triste que comenzaba: ¿Adónde vas, criatura, en el bosque?, la segunda, alegre y que comenzaba así: «¡Alegres compañeros, yo soy de los vuestros!». Según el humor del que yo fuera capaz de ponerlo, recibía una parte mayor o menor de mi salario. Pero sólo al comienzo de estas conversaciones observaba yo al revisor con alguna intención determinada, al poco terminábamos siempre por coincidir, insultábamos descaradamente a la administración, yo recibía promesas secretas, susurradas al oído, sobre la carrera que él iba a allanarme y acabábamos cayendo juntos en el camastro, en un abrazo que a menudo se prolongaba diez horas. A la mañana siguiente él volvía a ser mi superior y proseguía su viaje. Yo permanecía de pie delante del tren y hacía el saludo; él, por lo general, se volvía hacia mí al subir y decía: «Así que, amiguito, dentro de un mes volveremos a vernos. Ya sabes lo que te juegas». Todavía estoy viendo su cara hinchada vuelta con esfuerzo hacia mí, sus carrillos, su nariz, sus labios.




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