Diarios & Carta al padre

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16.X 1911. Domingo agotador el de ayer. Todo el personal de mi padre se ha despedido[55]. Mi padre se entrevista con ellos en público y en privado, y con buenas palabras, amabilidad, el efecto causado por su enfermedad, su estatura y su fuerza de antes, su experiencia, su sagacidad, consigue retenerlos a casi todos. Un contable importante, Franz, pide tiempo para pensárselo hasta el lunes; ha dado su palabra a nuestro encargado, que se va y quiere llevarse todo el personal a la nueva tienda que va a abrir. El domingo el contable escribe que no puede quedarse, que Roubitschek le exige que cumpla con su palabra. Voy a verlo a Zizkov[56]. Su joven mujer, de mejillas redondas, cara alargada y con esa nariz pequeña, tosca, que nunca estropea las caras checas. Bata demasiado larga, muy suelta, con flores y manchas. La bata parece especialmente larga y suelta porque ella hace movimientos especialmente precipitados para saludarme, dar el último retoque poniendo correctamente el álbum sobre la mesa y desaparecer para traer a su marido. El marido, con unos movimientos precipitados parecidos, quizá imitados de su mujer, que depende mucho de él, muy oscilantes cuando echa el tronco hacia delante, mientras que el abdomen queda llamativamente retrasado. Impresión de un hombre conocido desde hace diez años, visto a menudo, al que uno ha prestado poca atención y con el que de repente establece una relación más próxima. Cuanto menos éxito tengo con mis argumentos en checo (él ya tenía firmado un contrato con Roubitschek, pero el sábado, a última hora de la tarde, mi padre lo trastornó tanto que no dijo nada del contrato), más gatuna se vuelve su cara. Al final, sintiéndome cómodo, juego un poco, recorro con la vista la habitación, mudo, alargando un poco la cara y achicando los ojos, como si estuviese insinuando algo que se pierde en lo inefable. Pero no me sienta mal ver que eso causa poco efecto y que no tiene la menor intención de dirigirme la palabra en un tono nuevo, es más, tengo que volver yo a insistirle. La conversación se inició comentando que al otro lado de la calle vive otro tullach [‘vagabundo’] y se terminó junto a la puerta con su asombro por lo ligero que voy vestido con el frío que hace. Un símbolo de mis esperanzas iniciales y mi fracaso final. Pero conseguí que se comprometiera a ir por la tarde a ver a mi padre. Mi argumentación, a trechos, demasiado abstracta y formalista. Error de no haber llamado a la habitación a su mujer.


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