El Castillo

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No me ha llamado. —No tendría que haberme dejado esperar tanto —dijo la posadera con la obstinación del enfermo—. Siéntese —dijo, y señaló el borde de la cama—. Los demás podéis iros.

Junto a los ayudantes también habían entrado las criadas.

—¿También yo debo irme, Gardena? —dijo el posadero.

K era la primera vez que oía el nombre de la esposa.

—Naturalmente —dijo ella con lentitud, y como si estuviese entre tenida con otros pensamientos, añadió—: ¿Por qué ibas a quedarte precisamente tú?

Pero cuando todos se habían retirado a la cocina, incluidos los ayudantes, que esta vez obedecieron en seguida, quizá porque les interesaba una de las criadas, Gardena demostró estar lo suficientemente atenta como para comprobar que desde la cocina se podía oír todo lo que allí se hablara, pues esa estancia carecía de puerta, así que ordenó que todos desalojasen la cocina. Esto ocurrió en seguida.

—Por favor, señor agrimensor —dijo entonces Gardena—, en la parte delantera del armario cuelga un chal, alcáncemelo. Quiero taparme con él, no soporto el edredón, tengo dificultades para respirar.

Y cuando K le hubo entregado el chal, ella dijo:

—Ve usted, éste es un bonito chal, ¿verdad?


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