El Castillo

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A K le pareció un chal de lana común y corriente, lo palpó una vez más por cortesía, pero no dijo nada.

—Sí, es un bonito chal —dijo Gardena, y se tapó con él. Ahora yacía pacíficamente, todas las penas parecían haberla abandonado, incluso recordó su cabello alborotado por su posición en la cama, así que se sentó un rato y arregló su peinado alrededor del gorro de dormir. Tenía un cabello abundante.

K se tornó impaciente y dijo:

—Encargó que me preguntasen, señora posadera, si ya había encontrado otro alojamiento.

—¿Encargué que le preguntasen? —dijo la posadera—. No, eso es un error.

—Su esposo me acaba de hacer esa pregunta.

—No me sorprende —dijo la posadera—, estoy reñida con él. Cuando yo no quería tenerle aquí, dejó que se quedara, ahora que estoy feliz de que viva aquí, continúa su juego. Siempre hace cosas parecidas.

—Entonces —dijo K—, ¿ha cambiado tanto su opinión sobre mí? ¿En tan sólo una o dos horas?

—No he cambiado mi opinión —dijo débilmente la posadera—. Deme su mano, así. Y ahora prométame que será completamente sincero, yo también quiero serlo con usted.

—Bien —dijo K—, pero ¿quién va a comenzar?


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