El Castillo
El Castillo —Yo —dijo la posadera; no daba la sensación de que con eso hubiese querido hacer una concesión a K, sino que parecía ansiosa por ser la primera en hablar.
Sacó una fotografía de debajo del colchón y se la dio a K.
—Fíjese en esa foto —le pidió.
Para verla mejor, K se adentró un poco en la cocina pero ni siquiera allí era fácil reconocer algo en la fotografía, pues, debido a su antigüedad, los tonos habían palidecido y presentaba numerosas arrugas y manchas.
—No está en muy buenas condiciones —dijo K.
—Por desgracia, no —dijo la posadera—, cuando se llevan siempre encima durante años, les ocurre eso. Pero si se fija bien, lo podrá reconocer todo, seguro. Por lo demás, yo misma puedo ayudarle, dígame lo que ve, me alegra mucho oír algo de la fotografía. ¿Qué ve?
—A un hombre joven —dijo K.
—Correcto —dijo la posadera—. Y ¿qué hace?
—Parece descansar sobre una tabla, se estira y bosteza.
La posadera se rió.
—No, eso es completamente falso —dijo ella.
—Pero si aquí se ve la tabla y a él encima —insistió K.