El Castillo
El Castillo —FÃjese mejor —dijo la posadera enojada—, ¿se le ve realmente tendido?
—No —dijo entonces K—, no está tendido, flota, y ahora lo veo, no es ninguna tabla, sino probablemente un cordón y el joven da un salto.
—Asà es —dijo la posadera alegrándose—, salta, asà se ejercitan los mensajeros oficiales, ya sabÃa que lo reconocerÃa. ¿Puede ver también su rostro?
—Del rostro veo muy poco —dijo K—, parece esforzarse mucho, la boca está abierta, los ojos entornados y el pelo ondea.
—Muy bien —dijo la posadera con un tono elogioso—, nadie que no le haya visto antes puede apreciar más. Pero era un joven hermoso, sólo lo vi fugazmente una vez y nunca le olvidaré.
—¿Quién era? —preguntó K.
—Era el mensajero —dijo la posadera—, a través del cual Klamm me llamó por primera vez.