El Castillo
El Castillo —K no pudo oÃr muy bien, fue distraÃdo por el ruido de un cristal. Encontró en seguida el origen de la perturbación. Los ayudantes permanecÃan en el patio exterior, saltando alternativamente sobre un pie y sobre el otro en la nieve. Simularon que se alegraban de ver a K, de la alegrÃa le señalaron y repiquetearon con los dedos en la ventana de la cocina. Ante un gesto amenazador de K dejaron inmediatamente de hacerlo, intentaron apartarse mutuamente de allÃ, pero uno desplazaba al otro y al poco tiempo volvieron a estar los dos en el mismo sitio. K se apresuró a llegar al dormitorio, donde los ayudantes no podÃan verle desde el exterior y él también podÃa dejar de verlos. Pero el ruido suave y suplicante en la ventana aún le persiguió durante un buen rato.
—Otra vez los ayudantes —dijo a la posadera como disculpa, y señaló hacia afuera. Ella, sin embargo, no le prestó atención, le habÃa quitado la foto, la habÃa visto, alisado y vuelto a guardar debajo del colchón. Sus movimientos se habÃan tornado más lentos, pero no por cansancio, sino bajo la carga del recuerdo. HabÃa querido contarle la historia a K, pero ésta le habÃa hecho olvidar a K. Jugaba con el borde del chal. Sólo transcurrido un rato miró hacia arriba, se pasó la mano sobre los ojos y dijo: