El Castillo
El Castillo —También este chal es de Klamm, y el gorro de dormir. La fotografÃa, el chal y el gorro: ésos son los tres recuerdos que me quedan de él. No soy joven como Frieda, ni tan ambiciosa, ni tampoco tan delicada, ella es muy delicada; en suma, sé resignarme con la vida que me ha tocado, pero tengo que reconocer que sin estas tres cosas no habrÃa soportado tanto tiempo aquÃ, sÃ, probablemente no habrÃa soportado ni un dÃa. Estos tres recuerdos quizá le parezcan pobres, pero ya ve, Frieda, que ya lleva tratando con Klamm tanto tiempo, no posee ningún recuerdo, se lo he preguntado, ella es demasiado entusiasta y también demasiado difÃcil de contentar, yo, por el contrario, que sólo estuve tres veces con Klamm —después no me volvió a llamar, no sé por qué—, presintiendo la brevedad de mi trato con él, me traje estos recuerdos. Cierto, hay que ocuparse personalmente de ello, Klamm, por sà mismo, no da nada, pero cuando se ve algo adecuado, se puede pedir.
K se sentÃa incómodo con esas historias, por más que le afectaran.
—¿Cuánto tiempo ha pasado de todo eso? —preguntó suspirando.
—Más de veinte años —dijo la posadera—, mucho más de veinte años.