El Castillo
El Castillo —Asà que tanto tiempo se mantiene fidelidad a Klamm —dijo K—. ¿Es consciente, señora posadera, de que con esas confesiones me causa hondas preocupaciones cuando pienso en mi futuro matrimonio?
La posadera encontró una impertinencia que K se inmiscuyera en sus asuntos y le miró sesgada e iracunda.
—No se enoje, señora posadera —dijo K—, no digo una palabra contra Klamm, pero por el poder de los acontecimientos mantengo ciertas relaciones con Klamm, eso no lo puede negar ni el más grande admirador de Klamm. En consecuencia, cuando se le nombra siempre pienso en mÃ, es algo que no puedo evitar. Por lo demás, señora posadera —aquà K tomó su mano vacilante—, recuerde lo mal que terminó nuestra última conversación y que ahora queremos separarnos en paz.
—Tiene razón —dijo la posadera, e inclinó la cabeza—, pero respéteme. No soy más sensible que otros, todo lo contrario, todos tienen zonas sensibles, yo sólo tengo ésta.
—Por desgracia, también es la mÃa —dijo K—, pero podré dominarme. Ahora acláreme, señora posadera, cómo puedo soportar en el matrimonio esa horrible fidelidad a Klamm, presuponiendo que Frieda también la comparta.