El Castillo
El Castillo —Ya sé —dijo la posadera aplacándose—, pero mi esposo no ha planteado esas preguntas. No sé a quién se puede llamar más desgraciada, si a mà en aquel tiempo o a Frieda ahora. Frieda, que abandona a Klamm por petulancia o yo, a quien no volvió a llamar. Quizá sea Frieda, aunque no parezca saberlo aún en toda su trascendencia. Pero en aquellos tiempos mi desgracia dominaba exclusivamente mis pensamientos, pues una y otra vez tenÃa que preguntarme y hoy tampoco dejo de preguntarme: ¿por qué ocurrió? ¡Tres veces te llamó Klamm, pero no hubo nunca una cuarta vez! ¿Qué es lo que me ocupaba más entonces? ¿De qué otra cosa iba a hablar con mi esposo, con el que me casé poco después? Durante el dÃa no tenÃamos tiempo, habÃamos adquirido esta posada en un estado lamentable y tenÃamos que intentar levantarla. ¿Y en la noche? Durante muchos años nuestros pensamientos nocturnos giraban en torno a Klamm y a los motivos de su cambio de opinión. Y cuando mi esposo se quedaba dormido en esas conversaciones, le despertaba y seguÃamos hablando.
—Ahora, si me lo permite —dijo K—, le plantearé una pregunta algo brusca.
La posadera permaneció en silencio.
—Asà que no puedo preguntar —dijo K—, también eso me basta.