El Castillo
El Castillo —Esa es una historia muy simple. Mi padre era herrero y Hans, mi actual esposo, que era mozo de caballerías de un terrateniente, venía con frecuencia a ver a mi padre. Fue después de mi último encuentro con Klamm, yo era muy desgraciada y en realidad no debería haberlo sido, pues todo se había producido con corrección y que no pudiese volver a ver a Klamm, era la decisión de Klamm, es decir, era correcta, sólo los motivos seguían siendo oscuros; podría haberlos investigado, pero no debería haber sido desgraciada; sin embargo lo era y no podía trabajar, pasaba el día sentada en nuestro jardín. Allí me vio Hans, se sentó a mi lado, no me quejé, pero él sabía de qué se trataba, y como es un buen chico se puso a llorar conmigo. Y cuando el posadero de entonces, a quien se le había muerto la esposa, renunciando al negocio, pues ya era un hombre viejo, pasó un día por delante de nuestro jardín y nos vio allí sentados, se detuvo y nos ofreció sin dudarlo el arrendamiento de la posada. Como nos tenía confianza, no quiso recibir ningún anticipo y fijó un arrendamiento muy barato. No quería representar una carga para mi padre, todo lo demás me resultaba indiferente y así, pensando en la posada y en el trabajo que quizá podría procurarme algo de olvido, le di mi mano a Hans. Ésa es la historia.
Durante un momento reinó el silencio, luego dijo K: