El Castillo

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—No supuso ninguna imprudencia como luego se mostró —dijo la posadera—. Me puse manos a la obra, como era fuerte, la hija del herrero, no necesitaba criada ni mozo, estaba en todas partes, en la sala, en la cocina, en el establo, en el patio, cocinaba tan bien que incluso le quité clientes a la posada de los señores. Aún no ha estado al mediodía en el comedor, no conoce a nuestros huéspedes de esas horas, antaño aún eran más, desde entonces he perdido a muchos. Y el resultado fue que no sólo pudimos pagar sin problemas el arrendamiento, sino que transcurridos algunos años pudimos comprar la posada y hoy casi no tenemos deudas. El siguiente resultado, sin embargo, fue que me destrocé, me puse enferma del corazón y ahora soy una mujer mayor. Quizá crea que soy mucho mayor que Hans, pero en realidad sólo es dos o tres años más joven y, además, no envejecerá nunca, pues con su trabajo —fumar en pipa, escuchar a los huéspedes, vaciar la pipa y de vez en cuando coger una cerveza—, con ese trabajo no se envejece.







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