El Castillo
El Castillo —Bueno, sà —dijo la posadera cansada—, ya sé adónde quiere ir a parar y el error en que se encuentra. De Klamm no habÃa ninguna huella en todo eso. ¿Por qué habrÃa tenido que cuidarse de mà o, mejor, cómo habrÃa podido cuidarse de mÃ? Él ya no sabÃa nada de mÃ. Que no me hubiese vuelto a llamar era un signo de que me habÃa olvidado. Cuando ya no llama, olvida por completo. No querÃa hablar de esto delante de Frieda. Tampoco es olvido, es más que eso, pues a quien se ha olvidado, se le puede volver a conocer. En el caso de Klamm eso no es posible. Cuando no manda llamar a alguien, no sólo le ha olvidado en lo que respecta al pasado, sino también en lo que respecta al futuro. Cuando me esfuerzo mucho, puedo ponerme en su lugar y leer sus pensamientos, unos pensamientos que aquà carecen de sentido y que quizá en el lugar de donde viene posean alguna validez. Posiblemente llegue a la osadÃa de pensar la extravagancia de que Klamm me habÃa procurado a un Hans como esposo para que yo no tuviera ningún impedimento para verle cuando me llamase en el futuro. Bien, más allá no puede ir una extravagancia. ¿Dónde está el hombre que podrÃa impedirme ir a ver a Klamm, cuando él me hiciese una señal? Absurdo, completamente absurdo, una misma se confunde cuando juega con esos absurdos.