El Castillo
El Castillo —No —dijo K—, no queremos confundirnos, no habÃa llegado tan lejos con mis pensamientos como usted supone, aunque, para decir la verdad, me encontraba en ese camino. Al principio me asombró que los parientes esperasen tanto de la boda y que esas esperanzas, efectivamente, se hiciesen realidad, si bien es cierto con el empeño de su corazón, de su salud. El pensamiento en una conexión entre esos hechos y Klamm se abrió paso en mi mente, pero no del modo tan grosero en que usted lo ha representado, sólo con la finalidad de volver a increparme, porque eso le causa placer. ¡Pues que lo disfrute! Mi pensamiento, sin embargo, era otro: al principio es Klamm la causa del matrimonio. Sin Klamm no habrÃa sido usted infeliz, no habrÃa permanecido pasiva en su jardÃn; sin Klamm no la hubiese visto Hans; sin su tristeza, el tÃmido de Hans jamás se habrÃa atrevido a dirigirle la palabra; sin Klamm no habrÃan llorado juntos; sin Klamm, el buen tÃo posadero jamás les hubiera visto allÃ, pacÃficamente sentados; sin Klamm usted no se habrÃa mostrado indiferente frente a la vida, esto es, no se habrÃa casado con Hans. Bueno, en todo esto ya hay suficiente Klamm, podrÃamos pensar, pero aún sigue. Si no hubiese buscado el olvido, no habrÃa trabajado contra usted misma con tanta desconsideración, y tampoco habrÃa mejorado tanto la posada. Asà que también aquà aparece Klamm. Pero Klamm, aparte de eso, también fue la causa de su enfermedad, pues su corazón ya estaba agotado antes de su matrimonio por la desgraciada pasión que la consumió. Sólo queda la pregunta de qué fue lo que tanto tentó a los parientes de Hans para querer la boda. Usted misma mencionó una vez que ser la amante de Klamm significa una elevación en el rango que ya no se puede perder, asà pues, bien pudo ser eso lo que les atrajo. Pero además creo que también fue la esperanza de que la buena estrella que la habÃa conducido hasta Klamm —presuponiendo que se tratase de una buena estrella, pero usted asà lo afirma— le seguirÃa perteneciendo, esto es, que permanecerÃa con usted y no la abandonarÃa de forma tan repentina, como Klamm habÃa hecho.