El Castillo
El Castillo —¿Cree todo eso en serio? —preguntó la posadera.
—En serio —contestó rápidamente K— sólo creo que las esperanzas de los parientes de Hans no eran ni fundadas ni infundadas y también creo descubrir el error que usted ha cometido. Aparentemente todo parece haber acabado con éxito. Hans está bien situado, tiene una esposa espléndida, es respetado, la posada está libre de deudas. Pero en realidad no todo ha concluido con éxito, él habrÃa sido mucho más feliz con una simple muchacha, de la que él hubiese sido su primer amor; si él, como le reprochan, a veces se queda en la taberna como perdido, es porque realmente se siente perdido —sin por ello ser desgraciado, desde luego, ya le conozco bastante para decirlo—, pero también es seguro que ese joven guapo y comprensivo habrÃa sido más feliz con otra mujer, con lo que también digo, más independiente, más trabajador y masculino. Y usted, con toda certeza, no es feliz y, como dijo, sin los tres recuerdos no habrÃa podido seguir viviendo y también está enferma del corazón. Asà que, ¿fueron infundadas las esperanzas de sus parientes? No lo creo. La bendición recaÃa sobre usted, pero no supieron emplearla.
—¿Qué se ha omitido? —preguntó la posadera. YacÃa boca arriba con los miembros extendidos mirando al techo.
—Preguntarle a Klamm —dijo K.