El Castillo
El Castillo —Entonces volverÃamos a ocuparnos de su caso.
—O del suyo —dijo K—, nuestros asuntos parecen tocarse.
—¿Qué quiere usted de Klamm? —preguntó la posadera. Se habÃa sentado erguida y sacudido la almohada para poder apoyarse y miraba directamente a los ojos de K—. Le he contado sinceramente mi caso, del que podrÃa aprender algo. DÃgame ahora usted con toda sinceridad lo que le quiere preguntar a Klamm. Sólo con esfuerzo he convencido a Frieda de que se vaya a su habitación y permanezca allÃ, temÃa que en su presencia no hablarÃa con la suficiente sinceridad.
—No tengo nada que ocultar —dijo K—. Para comenzar, sin embargo, tengo que llamarle la atención sobre algo. Klamm olvida en seguida, dijo. Eso, en primer lugar, me parece muy improbable y, en segundo lugar, no se puede demostrar; es evidente que sólo se trata de una leyenda, inventada por la fantasÃa de las jovencitas que en ese momento gozaban del favor de Klamm. Me asombra que crea una invención tan trivial.
—No es ninguna leyenda —dijo la posadera—, es más el producto de la experiencia.