El Castillo
El Castillo —No —dijo el maestro—, pero no soy ningún autómata y tenÃa que expresarle mi opinión. Mi encargo, sin embargo, es una prueba más de la bondad del señor alcalde. Hago hincapié en que para mà esa bondad resulta inexplicable y que cumplo su encargo sólo como una obligación de mi puesto y por veneración al señor alcalde.
K, lavado y peinado, estaba ahora sentado a la mesa esperando la camisa y el traje, sentÃa poca curiosidad por lo que el maestro le iba a comunicar, también habÃa influido en él la baja opinión que la posadera tenÃa del alcalde.
—¿Son más de las doce? —dijo pensando en el camino que aún tenÃa que recorrer, luego recapacitó—: QuerÃa cumplir un encargo del alcalde, ¿no?