El Castillo
El Castillo —¡En caso de necesidad emigramos! —exclamó finalmente Frieda colgada del cuello de K—. ¿Qué nos mantiene aquà en el pueblo? Temporalmente, ¿verdad, cariño?, aceptamos la oferta, he vuelto a traer al maestro, tú le dices «trato hecho», nada más, y nos trasladamos a la escuela.
—Malo —dijo K sin tomarlo muy en serio, pues el alojamiento le importaba poco, también tenÃa mucho frÃo en ropa interior allÃ, en la buhardilla, que, expuesta, era atravesada por una corriente de aire hela do—. ¿Ahora que has arreglado tan bien la habitación tenemos que mudarnos? Sólo aceptarÃa ese puesto de mala gana, muy a disgusto, ya la humillación ante ese maestrillo me resulta desagradable y ahora se convierte en mi superior. Si pudiera permanecer un poco más aquÃ, quizá esta misma tarde cambiase mi situación. Si al menos tú permanecieras aquÃ, podrÃamos esperar y darle al maestro una respuesta incierta. Para mà siempre encontraré un alojamiento, aunque sea en casa de Bar…
Frieda le tapó la boca con la mano.