El Castillo
El Castillo —Eso no —dijo angustiada—, por favor no vuelvas a decirlo. En lo demás, te seguiré en todo. Si quieres, permaneceré aquà sola, por muy triste que sea para mà y si quieres rechazaremos la oferta, por muy errónea que me parezca esa decisión. Pues mira, si encontrases otra posibilidad, incluso esta misma tarde, bueno, entonces es evidente que renunciarÃamos inmediatamente a la escuela, nadie podrá impedÃrnoslo. Y en lo que respecta a la humillación ante el maestro, déjame que yo me preocupe de eso y verás como no lo es, yo misma hablaré con él. Tú permanecerás en silencio, no tendrás nunca que hablar con él, si no quieres; yo seré en realidad su subordinada y ni siquiera yo lo seré, pues conozco sus debilidades. Asà que no se perderá nada si aceptamos el puesto, mucho, sin embargo, si lo rechazamos, ante todo no encontrarÃas un alojamiento, ni siquiera para ti mismo, si hoy no logras alcanzar el castillo, al menos uno por el que yo, tu futura esposa, no tuviera que avergonzarme. Y si no encuentras ningún alojamiento, reclamarás de mà que duerma aquà en una habitación cálida mientras sé que tú estás vagando allá afuera, en plena noche y helado de frÃo.
K, que durante todo el tiempo habÃa permanecido con los brazos cruzados sobre el pecho y con las manos golpeándose la espalda para asà calentarse un poco, dijo:
—Entonces no nos queda otra solución que aceptar, ¡vamos!