El Castillo

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—Entonces —dijo el maestro—, sólo me queda enumerarle sus deberes laborales, para que coincidamos en ello de una vez por todas. Señor agrimensor, tiene que limpiar y calentar diariamente las dos clases, así como efectuar pequeñas reparaciones en el edificio, en el mobiliario y en los aparatos gimnásticos, debe mantener el camino a través del jardín despejado de nieve, realizar servicios de mensajero para mí y para la maestra y en la temporada cálida se encargará de los trabajos del jardín. Entre sus derechos se encuentran los siguientes: podrá vivir en una de las clases, según su elección; sin embargo, cuando no se den clases simultáneas en las dos habitaciones, y usted viva precisamente en la habitación donde se da clase, tendrá que trasladarse naturalmente a la otra habitación. En la escuela no puede cocinar, por eso tanto usted como los suyos recibirán la comida aquí, en la posada, a costa de la comunidad. Menciono sólo de pasada, pues usted, como un hombre instruido, ya debe de saberlo, que tendrá que comportarse de un modo digno para una escuela y que, especialmente durante las horas de clase, los niños jamás serán testigos de escenas domésticas desagradables. En este ámbito aprovecho para recordarle que debe legitimar lo más rápidamente posible sus relaciones con la señorita Frieda. Sobre todo esto y otros detalles se redactará un contrato laboral que deberá firmar en cuanto se traslade a la escuela.


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